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¿Quiénes sois para vuestro tiempo?

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Sois como el café y el azúcar. La suavidad de esa blanca piel rodea tus fronteras entre el placer y la responsabilidad. La diversión se encuentra en sus labios y los tuyos lo consumen con más frecuencia que el aire. Nada se interpone entre las virtudes de su hermosa figura. Sus brazos y piernas se estremecen al roce de tus huesos. Su piel se calienta al encontrarte entre las tormentas de su día a día. El lugar al que decide ir a refugiarse es en ti mismo, en el café. Ella solo espera descargar en ti sus frustraciones y no espera menos de ti. Lo quiere todo y quiere endulzarte. Ella no pretende cambiarte, sino hacerse tuya. Ella se atrevería a vivir bajo tu misma piel, pero sabes que su inocencia es un regalo. Busca calor en tus palabras y fuerza en tu sonrisa. Lo espera todo de ti porque anhela lo que no tiene y lo desea desesperadamente. Ella pide confianza y tú le presentas la sencillez de tu existencia que es suficiente para lo que ella quiere. Da gracias porque aparecieras como un…

¿Quién es quién?

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Envuelta en la brisa primaveral, tocaba las partes prohibidas de ese ser que jamás creía poseer en mis manos. Tocaba sus brazos y sus manos por puro placer. No quería apartar mi esencia. La forma que tenía era casi humana, pero sus ojos eran diferentes. Los ojos clavados en la roca parecían que no se movían, pero no apartaba sus ojos de mis movimientos. Pensé que era una loca que creía ver un fantasma poseyendo aquellos ojos.
Sus pasos me delataban que era segura e independiente. Sus manos lo rozaban todo porque no quería perder ningún detalle. Se atrevió a tocarme. Dilaté la mirada que aún conservaba embrujado por su esencia. No podía disimular, deseaba que sus manos volvieran a indagar en mis grietas. La ansiedad se apoderó de mí y se desataron en mí capacidades que creía destruidas.
Me quedé quieta y una huella de pánico se asomó en mi rostro. Aquel ser petrificado notó mi alerta y decoró su mirada con una apariencia apacible. Mis manos se acercaron a las suyas. Mis ojos no se atre…

Al salir de ti.

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Mi nerviosismo solo me dejaba mirarte pero no escucharte. No sentía razón, solo dolor. Mi dolor. Mi pensamiento era llenado con locura y rabia. Dónde estaba ese hombre valiente. Dónde se había escondido el papel en blanco que tenía frente a mis ojos. Entonces recordé que jamás estuvo allí, que nunca antes estuve ahí.
Todo estaba a oscuras, pero una sombra asentía ante mis matices. Mi lengua sacaba punta con perversidad. Mi garganta filtraba con soltura cada calada de la repugnante vida que tenía a mis espaldas. La melancolía y la soledad me prendían el corazón en el determinismo. Mi conciencia dejaba de hablar y ni se defendía ante los pedazos de la vida.
Aquella silueta que parecía pertenecer a la oscuridad no sentía que me escuchaba, sino que me entendía. Aquella forma me resultaba familiar y no era capaz de recordar cómo había llegado hasta allí. Cómo había acabado frente a un extraño para contarle lo que no me atrevía a decir. La infinidad del papel no podía contener la bomba de m…

Heroína.

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No puedo dejar de ver cómo intentas atrapar mariposas al vuelo. No veo nada. Tus manos se estiran y tus labios crean aspavientos al no conseguir tu objetivo. Tu largo cabello dibuja pequeñas ondas en la soledad de tu entendimiento. Solo puedo preguntarme qué es lo que quieres atrapar e introducir dentro de ti. Cómo puedo ver lo que tú ves y dejar de ser una cruel escéptica.
Me susurran los recuerdos de una época floral y pagana, donde no te importaba abrir tus piernas y mostrar la censura que te imponía el qué dirán. Tus ojos eran inmaculados y tú sonrisa imperfecta decoraba luz a su tesoro más preciado. Me mirabas y me aconsejabas con la inteligencia de cien años y la sencillez de una mujer enamorada. Tu pelo entonces era corto y despeinado. Demostrabas tu inconformismo sin delicadeza ni mentiras. Eras de corazón blando y temperamental según el día en que tu pie se posara en la mar que tú tanto amabas.
Sabe bien mi soledad que la inmensidad y lo imposible se cruzan en mi frontera, sin…

Lo quiero para llevar. ¡Gracias!

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Quiero volver a mi infancia. La niña que fui sigue latiendo en mi interior. A veces la veo jugando entre mis pestañas. Si estás atento, puedes verla dormida en mis pupilas. Ella parece que solo juega, pero sabe más de lo que cree. Observa mi humor, mis calenturas y me acoge con buenos consejos. No hay maldad ni destrucción en su mirada. Sus ojos negros dibujan destellos a quienes la miran. A veces se me olvida que está ahí. A veces olvido que ella aún vive. Por lo visto, dice que nunca podría abandonarme. 

¿Tantos son nuestros pesares? ¿Cuántas veces perdemos el tiempo en observar nuestra propia vida y ver todo lo que nos desagrada? ¿Con qué nos vamos a quedar cuando nuestro espíritu abandone esta cruel tierra? Doblegar a nuestro caballo es difícil, y mucho más cuando está enjaulado. Relincha y golpea las barras que le impiden estirar sus alas. Las fronteras del prejuicio nos separan de la globalidad y de nuestro propio ser. ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que me inquieta y no me deja dormi…

Lo quiero todo.

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Cómo puede ser que la majestuosidad de tu capa ilumine toda una porción del universo. Cómo puede ser que tu sencillez sea tan intensa. Explícamelo, Amor, porque quiero parecerme a ti. Las dudas las apartas de mi pecho. No es lo que te interesa escuchar, sino ver mis grandes ventanas por las que justifico al mundo. Mis filtros entorpecen el conocimiento que me das gratis. ¿Cómo puedo curarme? Contemplo tu luz y me maravillo. No se puede comparar con nada que antes haya visto. Hoy no estoy perdida entre las telarañas, sé dónde ir a buscarte. Tienes tu sonrisa brillante y tus manos sucias. Has estado trabajando pero no estás cansado. Vuelves tus ojos a los míos y me hablas diciendo: Estoy aquí, solo trabajando. Ven, ayúdame. Puedes hacerme una petición, te la concederé. Mi boca se hizo pequeña y se atrevió hablar: Lo quiero todo. Él me respondió con amabilidad: Te lo he dado todo. Tú me pedías que querías un corazón gemelo. Lo tienes y está ahí. Lo que te aflige no es mi presencia. Nunca …

Me has seducido.

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Me has seducido, solo porque te delataste. 

Podía ver lo que tenía delante, pero estabas por detrás de mí. Pensaba que no estabas buscándome. Me involucré en la espesura de lo que se esperaba. No dudé porque estaba bien acompañada, en cambio, tú no estabas ahí frente a mis ojos. No podía evitar preguntarme a dónde habías ido. Parecía una niña perdida que buscaba su libro preferido. Cómo puedo saber qué eres mi preferido, solo he podido contemplar el contorno de la portada. Aún no me he atrevido a insertarme entre las líneas de tus labios. No me atrevo a ocupar un espacio al que no he sido invitada por el momento. Mi reloj hace mucho que dejó de correr, en vez, de respirar. El tiempo solo se ríe de mí cuando libero el sonido de mi ser y es entonces cuando empiezo a pensar qué rápido pasa el tiempo. 

Mis pies no están cansados de estar ahí esperándote frente a lo que me espera. No veo nada porque las nubes están rozado con sus dedos la dulce tierra. No hay un mar al que zambullirse. No ha…