Corre lejos.


A veces tenemos planes y queremos llevarlos a la práctica, pero hay algo que nos impide hacer nuestros sueños.
Corría deprisa. Su corazón golpeaba con intensidad su pecho. Sus piernas parecían más rápidas que las de cualquiera. Sus brazos arañaban el aire con la intención de querer adelantarlo. Sus ojos fijos en el horizonte, en sus sueños, en su felicidad. Estira la mano para alcanzar lo que más quiere. Roza con sus dedos su meta pero... Cae al suelo, perdiendo el equilibrio. Su cuerpo queda tendido en el suelo, con cicatrices de guerra. Su mente no está en este mundo. Recuerda el empeño que puso para llegar. Recuerda la última frase que le dijeron:"tan rápido como el viento y tan torpe como la tierra." Recuerda que lo primero que debería hacer es levantarse, pero no lo hace. No quiere volver a intentarlo para perder de nuevo. No quiere escuchar a su alrededor porque siente que esto tiene que hacerlo sin ayuda. No entiende a razones. Su cuerpo sigue quieto, esperando una respuesta.
Levanta su mano. La encoge y con un puñetazo da un golpe contra el suelo. La cabeza la tiene apoyada en el suelo. Su cara no se ve, pero se siente ese ardor por querer hacer las cosas como tú quieres pero... Hay algo o alguien que te lo impide. Se encoge. Dejando su cara al descubierto con lágrimas que desencadenan rabia y desilusión. No sabe qué hacer. No sabe cómo arreglarlo. No sabe. Pero si sabe que tiene que cumplir la voluntad de otro, de su propia conciencia.
A lo lejos alguien ve la escena. Ve las heridas en sus piernas, en sus brazos, en su cara. Corre. Se sienta y coge al cuerpo que se siente derrotado. Le da de beber. Pero el otro niega con la cabeza. Éste no le ofrece más agua, pero no pierde la esperanza. Habla y aconseja que la derrota es el primer paso para levantarse y creer en un nuevo día.
Posdata: No corras con los cordones sueltos, podrías... Fallar en el intento.

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