Carta a un viejo amigo.

Querido tú:
Sí, tú. ¿Qué estás haciendo? ¿Soñar? ¿Para qué? Ah, claro... Para pensar menos sobre lo que realmente sientes. ¿Entenderte? Quién lo va hacer. Si ni siquiera te entiendes tú misma. ¿Qué exiges? Para mi opinión, demasiado. ¿Cómo reaccionas? Mal. Reconócelo. Parece que te gusta más pasarlo mal que bien. ¿A qué esperas? A que venga alguien a ayudarte. Pues te equivocas. Nadie va a venir. ¿Por qué? Porque eres mayor y eres capaz de pensar y solucionar las cosas. No seas niña. No escuchas cuando estás enfadada o decepcionada... No eres capaz de reaccionar. Eres previsible. ¿Enfadarte? ¿Con quién? ¿Con el mundo? No te ha hecho nada. El problema lo has hecho tú. ¿Cómo? Levantándote hacia arriba y hundiéndote hacia abajo con profundidad. Habías empezado bien pero crees que aquello es una farsa. ¿Por qué lo piensas? Porque te sientes mal, ¿verdad? No eres lo que esperabas, pero tampoco haces nada para remediarlo. ¿Ayuda? Pídela, siempre hay alguien que quiere escucharte. ¿A quién? A quien tú consideres, a tu amigo, a tu confidente.
Siempre dices lo mismo. Sí, tienes a alguien. Lo que ocurre es que eres demasiado cobarde como para contarlo, como para expresarlo. Ahora piensas en todo lo que ha cambiado tu vida, en todo lo que has crecido y en todo lo que has aprendido. Hay siempre alguien que cree en ti. Y sabes a quien me refiero. No llores. Ven aquí y dame un abrazo.
Posdata: A veces se me olvida por qué lucho.

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