Brillaba por su ausencia.

Quisiera ser capaz mirarte y no temblar.

Nunca pudo saborear las burbujas de una cerveza barata y amarga. Nunca pudo soltarse la melena. Nunca pudo olvidarse de sus pensamientos hasta que un día decidió hacerlo. Ella se deleitó con mañanas perezosas en algún lugar del norte. Sus pelos asustaban a cualquiera, pero después de una ducha su aspecto cambiaba. Su pijama era una siemple camiseta grande y blanca. Desayunaba lo que pillaba por la cocina. Siempre se levantaba con hambre. Se sentaba en las escaleras de aquella casa de piedra. Las mañanas eran frescas pero al sol la temperatura cambiaba.

Sentía en su interior una felicidad que nunca había imaginado, que nunca había sentido... Su corazón joven era la primera vez que vivía. Su cara estaba morena. Sus labios no podían parar de reír y de sonreír. Una luz especial le hinchaba el corazón. Cualquiera que la miraba la veía feliz o riendo sola por la calle como si recordara un buen chiste. Su momento había llegado. Después de tanto tiempo a oscuras, por fin la luz del sol brillaba en aquellos ojos. Daba las gracias a Dios por encontrar de nuevo la alegría, la valentía y la locura de vivir. También, daba gracias a la gente, en concreto, a las personas.

"No se puede ser tan serio en esta vida"-pensó ella-.

Posdata: La libertad me dio alas con que volar.

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