Mil y una maneras.

"Tan pequeños comparados con la inmensidad del cielo". 

Un coche rojo por la carretera. La radio a todo volumen. La conductora tarareando. La ventanilla bajada y su cabello revuelto. Una maleta en el maletero. ¿Dirección? Ninguna.
"Las cosas nunca pasan como uno quiere"-pensó ella-. Podría dar la vuelta y volver. Vivía en la rutina y tampoco estaba tan mal. La felicidad tendía del hilo de su esperanza. Tampoco le faltaba de nada. Tenía una casa, un trabajo para pagar las facturas. Su dinero no era tocado por nadie. Ella era modesta con sus gastos y de vez en cuando, dedicaba detalles a sus seres queridos. Tenía compañeros de trabajo. Unos padres orgullosos de ella. Ella se repetía a sí misma que tenía todo lo que cualquiera quisiera desear, pero todo aquello no le hacía sentirse bien. Ella no se sentía mejor. Ella añoraba su propia intimidad. Ella quería volver a encontrarse porque en algún momento del camino, se había perdido.

La carretera iba medio vacía. Era más de medianoche. Lo único que se veía eran las farolas, la luna y alguna estrella fugaz. Apagó la radio, aunque le gustaba escucharla. Necesitaba decidir a dónde quería ir. Decidió su destino al ver un cartel que decía: "Toulouse". Cogió el siguiente desvió y salió de la autopista. La madrugada inundaba el cielo. Sus ojos no estaban cansados pero sí su alma. Horas más tarde, estaba instalada en un hostal de dos estrellas. Su maleta aguardaba encima de la cama, mientras que ella se duchaba.

Aquella noche le hizo dormir hasta tarde. Cuando abrió los ojos eran las doce de la mañana. Cogió unos pantalones y una camisa blanca. Se recogió el pelo en una coleta, se arregló frente al espejo, cogió su bolso marrón y salió de la habitación. Desayunó en el hostal porque ofrecían unos bollos deliciosos. Tomó su vaso de Cola-cao y se dirigió al centro. Allí compró cosas para el neceser que no había cogido de su casa, porque salió demasiado deprisa. Iba por la calle y se paró en frente de un escaparate. Era una librería. Estaba viendo la portada de un libro que llevaba tiempo buscando. Entró sin pensárselo dos veces en la tienda. Al entrar dijo:
-¡Buenos días!
-¡Hola! ¿En qué puedo ayudarle?-dijo un señor de mediana edad con una sonrisa simpática en la cara-.
-Hola. ¿Podría mostrarme el libro negro y grande que tiene en el escaparate?
-Por supuesto-dijo el hombre mientras lo cogía del escaparate-.
Ella lo tomó entre sus manos y rozó con sus dedos la portada de aquel libro de tapa negra. El título decía "Mil desastres no acabaron con ella". Pagó al dependiente y le dio las gracias. Abrió la puerta y se despidió.

Porque creo que el error fue mío. Te dejé en aquella casa sola y sin ayuda. Perdóname por todos estos años sin hablarte, sin saber de ti... La culpa fue mía. Yo no te traté como debería. Lo siento...

Aquel fragmento de aquel libro... Le impresionó. Aquel libro hablaba de promesas perdidas, vicios adquiridos, cambios poco esperados y sorpresas desagradables. La protagonista sufría un montón de problemas que se desarrollaban a lo largo de la novela. Cada vez que salía de uno, se encontraba en otro peor. Ella pensaba en aquel personaje. Ese personaje tenía mil desgracias y, aún así, sabía quién era y qué quería. En cambio, ella se sentía invisible para sus conocidos ya que realmente no se conocía a sí misma. Por eso, había decidido cambiar pero no de personalidad o de tipo de ropa si no de ambiente. No quería estar en su vida habitual quería la misma vida pero en otro lugar y en otro momento. No rechazaba la soledad, pero tampoco aceptaba la compañía...

Aquella noche, ella entró en el hostal donde se alojaba y saludó a la recepcionista. Esta se acercó a ella y le pidió que aceptara la invitación de la pareja que gestionaba el hotel. Ella en un principio la rechazó, pero aquella muchacha le atormentó con ingenio y lo consiguió. En un instante, Ella estaba sentada a la mesa con el resto de clientes del hostal y la pareja hostelera. Ella estaba cansada pero la cena se volvió interesante cuando cada cliente hablaba del motivo por el que se alojaban en Toulouse.
-Estoy por motivos de trabajo. En realidad, estoy buscando trabajo. Hay una familia que cuidar-dijo un hombre de mediana edad mientras mostraba una foto de su familia-.
-Nosotros estamos de paso. Visitamos a mis padres-dijo el esposo a la vez que cogía la mano de su mujer-.
-Esperemos que disfrutéis de este tiempo aquí-dijo el señor que gestionaba al hotel. Ella no era capaz de decir ni una sola palabra. Aquellos comensales tenían sus propios planes. Sabían qué iban hacer, mientras que ella...
-¿Y a ti? ¿Qué te ha traido hasta Toulouse?-preguntó la mujer del hotel-.
-Yo...En realidad, vengo a... Encontrar cosas qué hacer. Es decir, quiero un tiempo para mí. Es un viaje mío-dijo ella medio sonriendo-.
-Pues mucha suerte-dijo la mujer del hotel mientras se levantaba del asiento-. Bueno, nosotros nos marchamos a dormir. Buenas noches. Hasta mañana.
Todos se despidieron y ella tuvo la oportunidad de establecer relación con el resto de clientes. Ella entró en su habitación, se quitó los zapatos y se sentó en su cama. Empezó a llorar. A la vez, sonreía. No lloraba por pena, lloraba porque envidiaba la vida de aquellas personas. Eran felices. Ella no se dejó comer por la envidia, ese fue el motivo para empezar a buscar. Aquella noche durmió sin pesadillas, sin estrés... Era la primera vez que dormía sabiendo que... Iba a conseguir ser feliz.

A la mañana siguiente, bajó a desayunar. Mientras lo hacía se encontró el matrimonio que gestionaba el hotel.
-Buenos días, bonita. ¿Cómo has dormido?-dijo la señora-.
-Bien ¿y usted?-dijo Ella sonriendo-.
-Puedes tutearme-río la señora-. ¿Podemos sentarnos contigo?
-Por supuesto.
-¿Qué vas hacer hoy?-preguntó el señor-.
-Aún no lo sé... No tengo planes-dijo Ella-.
-Esta mañana tengo que acercarme a las afueras, ¿querías acompañarme?-le ofreció el señor-.
-Iré encantada. Gracias-sonrió Ella-.
-Pues prepara tus cosas. Voy a por el coche y te aviso-dijo el señor-.
-Cuídale. Es muy despistado-le aconsejó la señora-. Hasta luego-se despidió mientras le guiñaba un ojo-.
Iban en una furgoneta grande, oxidada y verde. Ella pensaba en su infancia porque aquel hombre le recordaba a su padre. Ella iba mirando el paisaje. El cielo estaba encapotado de un gris apagado. El viento no era frío. Las ventanillas estaban bajadas. El señor comenzó a hablar de sus hijos. Tenía dos varones y una mujer. El mayor estaba casado y esperaba un bebé. El mediano aún no había hecho planes de vida. Comentaba que se pasaba a menudo por el hotel para verles y ayudar en lo que pudiera. La pequeña vivía en París porque estaba estudiando en la Universidad. Ella se alegraba al escuchar cómo un padre siempre añora a sus hijos aunque se hagan mayores. Llegaron a su destino e hicieron los recados. A media mañana estaban de camino al hostal. La mujer del hostal estaba gestionando el menú del día. Ella saludó a la mujer y esta sonrió. Ella se había dado cuenta de que aquella señora sonreía siempre con naturalidad. Ella sabía que aquella mujer era feliz hasta en los días menos soleados. "Eso es pura vida... Una ventaja para unos pocos"-pensó Ella-.

Aquella noche, volvió a sentarse en la mesa con todos. El ambiente de la cena estaba siendo acogedor y familiar. Ese momento, le recordó a sus comidas familiares de su infancia. Ella había aprendido a escuchar con el paso del tiempo. La dueña del hostal contaba anécdotas e historias de algunos huéspedes. Todos pasaron un buen rato. Más tarde, ella había subido a su habitación a descansar, pero sus ojos seguían abiertos. Ella no era capaz de dormir. Estaba cansada pero no era capaz. Su mente estaba saturada. Así que Ella decidió bajar a la cocina. Sus pies le llevaron al piso inferior. Sus manos abrieron todos los cajones para hacerse con  una manzanilla o algo para dormir. De repente escuchó un sonido detrás de sí. Tenía abierto el cajón de los cuchillos, cogió uno y se dio la vuelta.
-Tranquila-dijo alguien asustado desde la oscuridad-.
-¿Quién eres? Enciende la luz-dijo Ella mientras observaba la sombra que se movía-.
-Siento haberte asustado, pensé que eras un ladrón o algo-se disculpó-. Por cierto, soy Tomás.
-Hola-dijo ella con desconfiada-. No te he visto por el hostal...
-Soy hijo de los dueños. Soy una especie de "manitas". Así les ayudo de vez en cuando-dijo Tomás sonriendo-.
-Ah, no lo sabía. Ahora todo tiene sentido.
-Por cierto, qué haces a estas horas en la cocina-preguntó Tomás-.
-Estoy desvelada y estaba buscando una manzanilla o algo para relajarme. ¿Y tú?
-Bajo a veces aquí a fumar y, lo mismo que tú, a relajarme. Las manzanillas y todo eso está en el armario de arriba a la derecha-dijo mientras abría el armario-. ¿Te la hago?
-Si, por favor. 
El silencio adornó aquel encuentro. Ella se sentó en la encimera y observaba de espaldas a aquel joven. Ella se preguntaba por qué seguía en aquel hostal y no estaba viajando o estudiando en la ciudad.
-¿Por qué sigues aquí?-dijo Ella con timidez-. No quiero ser indiscreta pero quiero saberlo.
-No te preocupes, no es molestia. Bueno... Sigo aquí porque no he tenido muchas ambiciones. La poca vida que tengo está aquí. Así que... No me quejo. Creo que aquí disfruto de todo. Tengo lo que cualquiera pudiera desear. ¿Qué hace una chica tan guapa y de ciudad en el campo? 
-Tengo una historia entre manos. Nunca supe lo que buscaba. La vida me fue fácil hasta ahora. Puede que sea una inexperta frente a alguien que se ha sacado su vida adelante como tú. Por eso vine aquí. A buscar. Quiero encontrar algo que creo que me falta.
-¿Qué es eso que buscas?
-Busco la manera de ser feliz-dijo Ella con seriedad apartando la mirada de él por vergüenza-. 
-Buen motivo para hacer el viaje, pero siempre he oído que se es feliz con lo que se tiene. Por eso yo sigo aquí-dijo Tomás mientras la miraba-.Espero que encuentres lo que buscas. Puede que lo tengas delante y no lo veas-dijo riendo-. 

Posdata: Buscar la verdad nos hace distintos de los que viven en la ignorancia. 

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