Sigo aquí.

Maldición la llaman algunos porque muchas veces la incomprensión los aterra. Otros lo consideran un don porque no suele verse con facilidad entre la multitud. Quien lo posee nace con ello, pero luego es la vida y el tiempo el que dejan que ese don se mantenga o caiga en el olvido. Cuentan que un joven fue el primero en ser consciente de aquel don. El joven siempre había tenido pasión por todas las cosas y dejaba su mirada en el cielo. Miraba a las estrellas desde el tejado de su casa. No podía dejar de mirarlas y de soñar. Cuando las miraba, ellas bailaban con un suave vaivén. Ellas hablaban con dulces tintineos. Sus vestidos eran brillantes que estaban adornados con polvo de estrella y luces azules. La noche jamás era tranquila para aquel joven. Las estrellas que vivían en el cielo siempre le saludaban y le dedicaban algún baile. Cuando ya era medianoche, el joven se despedía y se metía en la cama. Cuando se despertaba ahí caía en la cuenta de que era la cruda realidad. Su espíritu huía de la responsabilidad y prefería vivir fuertes emociones. Saltaba desde acantilados para soñar que volaba. Cogía cualquier barca para adentrarse en el mar, sin miedo a alejarse de la orilla. Pero cuando todo esto no podía hacerlo, su alma sufría. Trabajaba de camarero en una posada donde ayudaba a sus padres.  Ellos estaban desesperados porque no querían perder a su hijo en alguna de sus locuras. Pero el joven era feliz viviendo entre cuentos, fábulas, emociones fuertes y amaba aquellos momentos que realmente le llenaban, Cómo podía explicar que aquello era lo que quería, aunque no fuera lo normal.

Cada mañana se decía ''sigo aquí''. El joven no podía evitar preguntarse por qué continuaba ahí. Por qué no le llevaban las estrella al cielo y le dejaban allí para siempre. Sentía tanto dolor en su interior porque no era capaz de explicar todo aquello que a él le parecía maravilloso y al resto del mundo solo le parecían mentiras. Podía ser que aquel joven fuera irresponsable, pero era un soñador consciente y frustrado. Solo podía pedirle a Dios que le quitara aquel don que tenía y que fuera igual que el resto. No podía soportar aquel don entre sus manos porque no sabía cómo utilizarlo. En su mente todo era posible, pero en la realidad el joven solo era un pobre soñador. En su día a día miraba a las personas y
las veía marchitadas y serias. En algunos momentos tenían hermosas sonrisas que aunque duraban un instante las mantenían en sus caras. Aquellas personas eran conscientes de lo que vivían y eran felices por un momento. Entonces el joven pensó  que al anhelar tanto vivir entre las nubes, dejaba de lado vivir en la tierra. Acaso eso tenía sentido. Sabía que era imposible vivir en las nubes, pero podría traer las nubes, podría traer sus sueños, podría hacerlos realidad...

Posdata: El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona (Hörlerdin).


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