Sin rostro.

Pensando en por qué pienso. Por qué necesito respuestas a todo. Necesito controlarlo todo y no es posible. La vida es puro azar, maravillosa y, a veces, desastrosa. Miro hacia un lado y no veo nada. Miro al otro y solo veo a personas vestidas de negro y sin rostro. Sus caras son muñones deshechos y mal vistos. Sus pasos son distantes y pesados. Si tuvieran ojos, estarían mirando el suelo porque caminan cabizbajos. Los veo avanzar sin desviarse del camino. Me acerco a uno de ellos y le rozo sin querer un brazo. Este no se inmuta. Empiezo a pasear entre ellos y no ven mi presencia. Mi vestido blanco no se ensucia por mucho que sus zapatos me pisen. Esas personas llevan sus propios atuendos, pero parecen que van vestidos de funeral. Sin querer, tropiezo con uno de ellos y me caigo en mitad del camino. Intento levantarme pero no puedo. Mis manos están clavadas en el suelo y no soy capaz de levantarme. Intento pedir ayuda pero mi boca no responde. Mi vestido comienza a ser negro. Mi cabello se mueve por la suave brisa del camino.

A pocos metros se acercan más personas sin rostro. Uno de ellos se acerca a mí y me da la mano. Consigue ponerme en pie. Le doy las gracias, pero de mi boca no sale ningún sonido. Así que asiento con la cabeza y le miro a los ojos. No tiene ojos, solo me sonríe y sigue su camino. Mis pies dejan de obedecerme y continuan el camino del resto. No veo a dónde va toda aquella gente sin rostro. El camino se empina y sube hacia una pequeña colina. El cielo está gris casi parece de noche, pero yo sé que son las doce porque he mirado el reloj. En un momento, la pesadez de mis manos desaparece y me toco la cara. No tengo boca. El corazón sigue golpeándome en la cabeza y rogándome que me tranquilice. Miro hacia atrás y veo a mucha gente sin rostro caminando hacia el mismo sitio. Veo lo que hay al otro lado de la colina. Hay un precipicio. Todos los sin rostro están esperando. ¿A qué esperan?

Entonces, fijo la mirada más adelante y veo a varias personas tirarse al abismo. Pido a mi cerebro correr y no me responden las piernas. Mis manos vuelven a ser pesadas y no vuelvo a tener libertad. Mis ojos siguen en mi cara mirando. Mi nariz ya no existe porque no huelo nada. Mis pies se paran en una pequeña cola de espera. A poco espacio de mí, veo al caballero que me ayudó a levantarme y me sonrió. Está en otra cola de espera, paralela a la mía. La gente sin cara sigue paseando hacia el abismo. Todos avanzamos al unísono. Veo que todos mantienen el semblante fijado en el suelo. Yo no, aún tengo mis ojos. Mis pies no forman parte de mí y mi cara ya no existe. Soy parte de ellos. Aunque por fuera lo parezca, yo no me siento una más. Soy distinta. Aún tengo mis ojos. Aún sigo pensando. Aún puedo mirar. Miro a otro lado y veo a una persona sin cara muy pequeñita. Miro su ropa y es negra, pero en su mano sostiene un conejo de peluche. Tiene bordado un nombre en la chaqueta negra que lleva el conejo. Lola. Entonces, recuerdo y quiero gritar. Quiero huir. Quiero parar a todos. Quiero salvar a mi hija. Ha llegado mi momento, soy la primera de la fila. Lola también lo es. Mis pies se acercan con paso firme al final. Lola da pequeños pasos y no me mira. Mis ojos no paran de mirarla. Lloro y la vista empieza a difuminarse. Lola no suelta a su peluche. Ella empieza a andar más rápido que yo. Corre, llega al final del camino y desaparece de mi vista. Empiezo a gritar y el corazón deja de atormentarme. No siento nada. Miro hacia abajo. Me rindo. Pongo un pie en el aire y nunca vuelvo a abrir los ojos.

Posdata: Ganaron ellos y fui una de ellos.


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