Pasos de gigante.

''Mi amor no desilusiona a nadie''.

Aquel salón estaba en obras. Las ventanas estaban cerradas porque el invierno se había dejado caer. La Navidad aún se hacía derogar, pero los niños de aquella casa deseaban que ya fuera Navidad. En el salón estaban los padres mirando las noticias y hablando de esos temas que solo hablan los adultos. Los niños estaban en la habitación contigua y jugaban. La niña se divertía con sus peluches y jugaba a que ella era profesora. Regañaba a cada peluche si veía que hacía algo mal. El niño estaba entretenido pintando en el suelo. El niño no se daba cuenta de que con un folio pintaría mejor. Estaba utilizando ceras y cada vez que ponía su pie encima de su pintada dejaba su huella en el suelo. La niña miraba a su hermano sin ningún interés porque sabía que lo que estaba haciendo no era una buena idea. Se había acercado a él, pero no sirvió de nada. Así, la niña esperaba con interés el momento en que alguno de sus padres asomara la cabeza por la puerta y le castigaran. Ella continuó jugando con sus peluches. Al rato, el padre se acercó a la habitación y solo pudo reírse. La niña se enfadó porque no entendía esa reacción. Su padre llamaba a su madre y claro, la reacción fue otra. Su madre regañó tanto al padre como a su hermano. La niña vivía feliz y le encantaba que todo fuera justo. Le gustaba que las cosas siempre fueran así. 

Unos días más tarde, la niña vino del mercado con su madre e iba muy enfadada. Sus lágrimas le mojaban toda la cara y los mocos colgaban de su diminuta nariz. La madre estaba angustiada porque no le gustaba ver así a su niña, pero no debía ceder a un capricho. La niña salió corriendo a la habitación donde jugaba con su hermano. Él estaba jugando con unos coches y algunos peluches. Su hermana le dio patadas a todo lo que encontró por el camino. Su hermano se puso a llorar, pero su hermana le miró y pasó de él. Su hermano al ver que no pasaba nada, siguió jugando, pero miraba a su hermana y le rompía el alma verla así. Su hermano se acercó a ella y se sentó a su lado. Su hermana estaba sentada mirando hacia la pared y mantenía sus brazos apretados contra su pecho. Su hermano pasó una mano por su hombro para abrazarla y ella se apartó bruscamente. Su enfado aumentó y volvió a tirar todos los juguetes al suelo. Tan fuerte fueron los golpes que su madre se acercó rápidamente hacia la habitación. Su madre vio la situación y preguntó con delicadeza: ¿quién ha hecho esto? Ninguno de los dos niños reaccionó. Su madre volvió a repetirlo y no le quedaba mucha paciencia. La niña levantó el brazo y señaló a su hermano. Su hermano no fue capaz de decir nada y asumió la culpa. Su madre le puso un fuerte castigo y le dejó sin natillas durante una semana. Al día siguiente, la niña estaba sola jugando en la habitación y sentía que las paredes se hacían muy grandes. Sentía en su interior mucha intranquilidad y le carcomía la cabeza con una frase: has sido tú. La niña no paraba de escucharlo en su interior y evitaba estar con sus padres porque temía reconocer su error. Pasaban los días y su hermano no jugaba con ella porque su hermana se escondía durante largo rato por la casa. El silencio comenzaba a abrumarla y empezaba a pensar lo mal que se sentía. Ella pensaba: ¿qué puedo hacer? Si digo la verdad me castigarán... No quiero decir que fui yo. Además, mi hermano a veces es muy pesado y me coge mis juguetes. Se lo merece así aprenderá. 

Cada día la niña se alejaba más de sus padres y de su pequeño hermano. No daba ni besos, ni abrazos. Se iba corriendo a estar sola y a fingir que no pasaba nada. Ella no se sentía mejor. Hubo un día, que su padre escuchó sollozos. Se metió en otra habitación y no vio a nadie. Volvió a escuchar los mismos sollozos y se agachó. Ahí encontró a su niña, debajo de la cama llorando. Su padre la sacó con cuidado y la sentó en su regazo.
-¿Por qué lloras mi niña?
-Porque...-dijo la niña entre sollozos-. Porque he mentido y he engañado. Os he mentido a ti y a mamá. Mi hermano no fue quien tiró los juguetes fui yo. 
-¿Por qué lo hiciste?
-Porque estaba enfadada, pero me arrepiento de todo y quiero un castigo peor que el de mi hermano. Él sabía de mi fechoría y no dijo nada. Castígame papá porque no merezco ninguna piedad. 

Su padre la miró con un amor tan grande que su hija no entendía el por qué de su reacción. Ella esperaba gritos y algún ceño fruncido, pero nada de eso pasó. El Padre la apretó fuertemente entre sus brazos y le dijo que no lo volviera hacer. Su niña había visto un cariño que nunca antes había experimentado. Pensó incluso si se trataba de una broma, pero no fue así. Se quedó un rato en brazos de su padre deseando que ese momento nunca terminase. Sentía mucha fuerza para hacer frente al castigo y para pedir perdón a su hermano. Sentía que nada de lo que había hecho ya no importaba porque la había perdonado su padre. Ni siquiera ella sintió que su padre la quisiera menos, al contrario sintió mucho más amor del que había recibido siempre. Le dio un beso a su padre y fue a la cocina a hablar con su madre sobre lo que había hecho. Después de haber puesto un castigo justo, la niña se acercó a su hermano pequeño y le abrazó. El hermano no dijo nada y la abrazó también. La niña pidió perdón y prometió no volverlo hacer. Su hermano confió y nunca más volvieron a dejar su relación. Los dos hermanos siempre se quisieron hasta cuando todo parecía perdido. Amaron mucho y perdonaron mucho más.

Posdata: Dar pasos de gigante en una pequeña vida mundana. 



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