Sensible. Espumoso. Intenso.

La copa estaba vacía. La comida a nada me sabía. Mis ojos no brillaban y mi piel estaba ceniza. Mis dedos crujían con cada movimiento. Mi mente no pensaba. El vacío lo llenaba todo. ¿Dónde estaba aquella voz? ¿Dónde estaban aquellas palabras que me refutaban, me consolaban, me insultaban? 

Las raíces se anclaban en mi ser. Un pájaro pasó y mis ojos no lo vieron. Me atrapaban y me engullían en la densa tierra. Mi voz carecía de sonido. Mi timbre ya no cantaba melodías. No quedaba nada. ¿Nada? No había nada como aquello. Aquello era un resplandor, una chispa. Un aliento. Un resurgimiento de mis cenizas.

Delante de mí un destello se expandía. Flores blancas y esmeraldas se posaban en mis ojos. Ahí, justo ahí. Unas perlas me miraban. Me devolvieron todo lo que había sido. Mi pecho se elevaba al son de la flauta. Aquella melodía hacía que todo mi ser quisiera dejarse llevar por los caprichos del viento. Mis uñas se coloreaban de un rosa marfil. Mis cuerdas empezaron a vibrar recuperando el sonido que una vez fui. Por fin, me decidí y abrí los ojos. Ahí estaba, todo lo que había esperado de aquel sueño de muerte.

Posdata: "Grande es tu fe. Que sea como tú quieres".


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