Ella parecía seca.

La pradera parece seca. Hace mucho que la lluvia abandonó esos prados, esas tierras. El color de su hermosa melena está fuerte y brillante. Mira con dulzura y no puede evitar pensar lo que su mala conciencia abusa de ella. La fuerza de sus ojos viste la tristeza de cualquier pobre en espíritu. Ella regala frescura para apaciguar a la bestia que algunos llevan a cuestas. Ella no obliga, porque ama el escudo de cada casa, de cada familia. No preguntan sus labios palabras comprometidas, sino motivos por los que proporcionar descanso. No tiene una casa grande, no tiene la mejor vista, no carece de nada porque en su sencilla morada lo tiene todo.   

Muchos viajeros me han hablado de aquella pradera seca que para mí es abundante en cantidad y textura. Miro a la pradera y no me sostiene la mirada, huye. Me da la espalda para no creer en su existencia, cree que depende de lo que otros piensan. La miro y vuelvo a llorar de espaldas a ella porque no quiero creerlo, no puedo creerlo. Ella se ha dado cuenta y me mira con dulzura, vuelve a preguntarme por mi viaje. Yo solo soy capaz de decirle que estoy perdida, que lo único que reconozco es la pradera. Le sujeto de los brazos y le obligo a mirarme. ¿Qué ves?- le pregunto-. Ella responde: Veo luz en tu conflicto interior. Veo la seguridad de tus actos, que muestran el lugar de donde vienes. Veo temor en tus grandes ojos, a qué temes mi niña. ¿Qué sombras son las que te acosan en la claridad del día? Veo perdón hacia aquellos que te han ofendido, acaso no estás alegre por ello. No veo conformismo en tus finos labios, veo una pasión abrumadora que te muerde poco a poco. Veo a una mujer perdida, pero no hay cobardía en tus temores. Hay un reconocimiento agradable que te vuelve irresistible e inalcanzable, acaso tú no lo ves. ¡Pequeña mujer, qué lástima que tú aún no lo veas!


Mis ojos derramaron dos últimas lágrimas de éxtasis. Mi pecho se abría a una mar de posibilidades que no podía contemplar todavía. La búsqueda no había acabado para mí. Mi rendición quedaba atada a mis muñecas para ceder a su chantaje cada vez que la volviera a recordar. Mis cabellos sintieron aquella abrumadora electricidad y se despegaron de mi cabeza para danzar con la frescura de la pradera. Podía volver a caminar, podía mirar de nuevo a la vida. Entonces y solo entonces, fue cuando volví a respirar como la primera vez.  


Posdata: No sabía lo que era descansar entre sus brazos. 


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