Ahora era alguien.

La luz de las velas inundaba las calles. Parecía que no había hueco para la oscuridad, todos estaban de celebración. Nadie se  había quedado en su casa porque todos iban a la piazza. Una mujer subía con elegancia las escaleras de aquella gran torre. La mujer vestía con un color morado que resaltaba entre las sombras de la noche. La mujer sonreía mientras subía. La poca luz que traspasaba las paredes de aquella fortaleza permitían deslumbrar un pequeño camino hacia el ascenso. Su pelo brillaba ante la luz de la luna y una fina diadema plateada decoraba su cabello. Sus hombros estaban al descubierto porque no se preocupaba por su aspecto. La mujer solo quería ascender, pero todas aquellas escaleras le estaban destrozando sus pies. Se paró en las escaleras y se quitó los zapatos. No se preocupó dónde los dejaba, solo quería subir hasta arriba.

Sus dedos se apoyaban en las ásperas paredes de la torre. Sus pies descansaban en cada paso que daba, pero aún sentía peso en su cuerpo. La diadema plateada que decoraba su cabello se la arrancó. Después, miró el frondoso vestido que llevaba, cogió el bajo de su largo vestido y lo rasgó. Dejaba al descubierto sus pies y sus piernas. Entonces, miró hacia arriba y no dudó en ningún momento. No dudó de lo que le esperaba arriba. No dudó acerca de qué esperaban de ella. No dudó en si debía tener miedo. No lo pudo contener en su pecho por más tiempo, sus pies empezaron a dar zancadas en el aire. Sus pies apenas rozaban el suelo. Sus manos se agarraban fuertemente a la roca de la torre. Su sonrisa se vislumbraba en el interior de la torre.

Su respiración era entre cortada y le faltaba el aire. Ella no paró porque le quedaba poco para llegar y lo sabía, lo intuía. Sin darse cuenta, ella ya estaba allí pero recordaba haber estado en aquella habitación iluminada. Recordaba que la subida era lo más difícil. Su aspecto había cambiado, mostraba un pelo despeinado y corto. Su sudor era lo que decoraba su frente y sus mejillas estaban encendidas. No podía verse en ningún lado de la habitación porque solo había una gran terraza. Ella no volvió a distraerse y se acercó con seguridad a la terraza. Sus dedos rozaron la valla y la agarró. Su mirada era inquieta y excitante, no se atrevía a mirar al vacío, pero, no lo pudo evitar, miró. Ahí estaba la resplandeciente piazza. Ahí estaba la gente entretenida y bailando. Ella no estaba allí porque tenía que demostrar que podía volar. No era descendiente de las aves, pero ella sabía que podía hacerlo. Ella miró a la Luna y después, rezó a las estrellas. Ella cerró los ojos y pensó: "quiero poder volar,  dadme alas.  Sé que tú crees en mí". Ella no podía evitar pensar en todo lo que había ocurrido hasta llegar allí. Todo lo que se apoyaba a su espalda, todo lo que había superado, todo lo que había conseguido, todo lo que había sacrificado, sufrido y renunciado. Todo lo había hecho para demostrar que la fuerza y la elección no solo era de ellos, sino que Ella también podía demostrarlo. No lo demoró más, dio un salto en el aire y nunca más volvió a pisar el suelo. 

Siempre tuvo que demostrar su valía desde el primer momento en que empezó a andar. Siempre tuvo que sonreír y ser amable, aunque no fuera real. Siempre escuchó los reproches y opiniones de los retrógrados. Siempre tuvo palabras amables. Siempre se creyó que era un ser insignificante, pero despertaba en sus amos la electricidad de estar en presencia de lo bello. Ella siempre fue un objeto mal empleado en manos inexpertas. Ahora era alguien feroz, con determinación, carácter y libre. 

Posdata: ''Firme en la esperanza contra toda esperanza''.   


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