Lo quiero para llevar. ¡Gracias!

Quiero volver a mi infancia. La niña que fui sigue latiendo en mi interior. A veces la veo jugando entre mis pestañas. Si estás atento, puedes verla dormida en mis pupilas. Ella parece que solo juega, pero sabe más de lo que cree. Observa mi humor, mis calenturas y me acoge con buenos consejos. No hay maldad ni destrucción en su mirada. Sus ojos negros dibujan destellos a quienes la miran. A veces se me olvida que está ahí. A veces olvido que ella aún vive. Por lo visto, dice que nunca podría abandonarme. 

¿Tantos son nuestros pesares? ¿Cuántas veces perdemos el tiempo en observar nuestra propia vida y ver todo lo que nos desagrada? ¿Con qué nos vamos a quedar cuando nuestro espíritu abandone esta cruel tierra? Doblegar a nuestro caballo es difícil, y mucho más cuando está enjaulado. Relincha y golpea las barras que le impiden estirar sus alas. Las fronteras del prejuicio nos separan de la globalidad y de nuestro propio ser. ¿Dónde estamos? ¿Qué es lo que me inquieta y no me deja dormir? La música asiste a mi réquiem y no me abandona. No se aparta de mí y mis alas se estremecen. Tiendo a creer en que aquella niña que fui ha dejado un vacío profundo en mi mirada. Nunca desaparecen aquellos rasgos fabulosos de nuestra querida inocencia, siempre quedan restos entre las esquinas. A veces los culpables de empequeñecer la jaula están en frente del espejo. 

Nos creemos la normatividad que nos imponen desde que ponemos nuestros pies en ambientes torcidos, aparentes y simplistas. ¿De qué me sirve ceder si la injusticia acosa mi vida? Aprender a vivir con ello, niña mía. Pierdes el tiempo preguntándote cómo has llegado hasta ahí. ¡No importa! Siempre hay nuevos parajes que conocer. No te preguntes cómo vas a despegar de aquella marea de desesperanza y fracaso. No se vive más feliz lejos de la seguridad de quienes te acompañan fielmente en tu cruzada. No temas, niña mía, porque puedes. Deja de escarbar en que nada es justo y mira a los ojos de quienes están realmente perdidos y piensa: no mira atrás y va solo. Tienes dulzura entre tus preciosos ojos azules. Tienes valor para defender lo que amas. No tiemblas ante las consecuencias, aunque tengas pesar en tu interior. No se mide tu fuerza en tu fragilidad. No apartas tu sonrisa porque te encanta. No puedes engañarme, niña mía. No puedes abandonar a esa niña que descansa en la luna de tus pupilas. No puedes dejar de ser lo que tu creador ha hecho de ti. Estás rota, aplastada, desgastada, martirizada, hambrienta... Pero no estás derrotada. No eres débil por tener fe en todo lo que te rodea. No temes tener una vida corriente, porque la tuya no lo es y eso no debe frustrarte. No eres mediocre, ni egoísta. Eres belleza entre la destrucción del amor desencantado. Eres pasión en mis ojos. Eres calor en mis pensamientos. 

Posdata: Nunca creas en la imposibilidad que comparten tus semejantes, decide sostener la adversidad con tu único poder, la inocencia.


    

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