Al salir de ti.

Mi nerviosismo solo me dejaba mirarte pero no escucharte. No sentía razón, solo dolor. Mi dolor. Mi pensamiento era llenado con locura y rabia. Dónde estaba ese hombre valiente. Dónde se había escondido el papel en blanco que tenía frente a mis ojos. Entonces recordé que jamás estuvo allí, que nunca antes estuve ahí.

Todo estaba a oscuras, pero una sombra asentía ante mis matices. Mi lengua sacaba punta con perversidad. Mi garganta filtraba con soltura cada calada de la repugnante vida que tenía a mis espaldas. La melancolía y la soledad me prendían el corazón en el determinismo. Mi conciencia dejaba de hablar y ni se defendía ante los pedazos de la vida.

Aquella silueta que parecía pertenecer a la oscuridad no sentía que me escuchaba, sino que me entendía. Aquella forma me resultaba familiar y no era capaz de recordar cómo había llegado hasta allí. Cómo había acabado frente a un extraño para contarle lo que no me atrevía a decir. La infinidad del papel no podía contener la bomba de mi existencia. Lo que me llevó a preguntarme por qué tú me entendías. Aquella sombra familiar concebía mis gestos y mis manos como suyas. Entonces, ahí entendí que la apariencia es simplemente una portada de lo que mostramos al mundo. El problema está en que el mundo no concibe quienes somos en realidad. La complejidad de uno mismo se esconde en las palabras con que decide comprometerse con el mundo. Por eso, aquella sombra me entendía y me dijo: no tengas miedo.

Posdata: Temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo (San Mateo, 10, 26-33). 


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